Se prueba antes de vender
Ninguna pieza llega al mostrador sin haber sido catada por alguien de la casa. Si no nos la llevaríamos a nuestra mesa, no sale a la venta.
Una tienda, una familia y la convicción de que el tiempo no se puede sustituir por nada.
La Española abrió con un mostrador de mármol de segunda mano, una balanza prestada y tres jamones colgados del techo. No había plan de negocio: había un oficio aprendido en el pueblo y la idea de que en la ciudad también se podía comer como se comía en casa.
Los primeros años fueron de barrio. Se vendía lo que había, se fiaba a quien lo necesitaba y se cerraba tarde. Con el tiempo llegaron los clientes de otras zonas, los restaurantes que querían producto de verdad y los encargos para fiestas. La tienda creció hacia dentro: mejor bodega, mejores proveedores, más paciencia.
Hoy la segunda generación está al frente y la tercera anda por el mostrador aprendiendo a calar. Cambió el mármol, cambió la caja registradora y cambió medio barrio. No cambió lo que se hace ni cómo se hace.
Trabajamos con las mismas familias desde hace décadas. Sabemos cuántas hectáreas de encina tienen, qué añada fue floja y a qué hora se levantan.
No compramos por catálogo ni a través de intermediarios. Se va, se ve el campo, se prueba el producto del año anterior y se cierra el trato de palabra. Cuando una añada no está a la altura, ese año no la traemos. Es más caro y más lento, pero es la única forma de responder de lo que ponemos en la báscula.
Ver qué trabajamosSon simples, viejas y difíciles de sostener. Por eso las escribimos aquí.
Ninguna pieza llega al mostrador sin haber sido catada por alguien de la casa. Si no nos la llevaríamos a nuestra mesa, no sale a la venta.
Ibérico de bellota es ibérico de bellota, y cebo es cebo. Cada etiqueta dice raza, alimentación, origen y meses reales de curación.
Nada se lonchea con antelación para ganar tiempo. El jamón se oxida en minutos y ese sabor no vuelve.
Somos un equipo pequeño y deliberadamente estable. Aquí el conocimiento se transmite cortando al lado de alguien, no leyendo un manual.
Formamos cortadores en casa. El aprendizaje empieza barriendo la bodega y termina, años después, con la pata en el jamonero delante de doscientos invitados. No hay atajo posible, y esa es exactamente la garantía que le damos al cliente.
Mi abuelo decía que la bodega manda y nosotros solo abrimos y cerramos ventanas. Sigue siendo verdad.
Pásate por la tienda un día tranquilo. Cortamos una loncha, te contamos de dónde viene y decides tú.